Captura
Viñeta de Flavia Banana

Pero, ¿y qué narices tendrá que ver un filósofo con la Bolsa? Pues que, aunque el marco que voy a tratar es de hace unos cuatro siglos, evidencia el desconocimiento que existe en torno a este sector y, para los que trabajamos en él (o simplemente tenemos algo de curiosidad), creo que puede ser (un poquito) interesante.

Nuestro filósofo, que participa en los diálogos de José de la Vega (del año 1648) junto con un accionista, viene a ejemplificarnos muy bien que nuestras excusas no tienen nada de nuevo. Nos repetimos más que las natillas, aunque cueste asumirlo. 

Este, cuando ya no dispone de más argumentos contra la Bolsa, siente el impulso que le lleva a “querer probar suerte”, lo que el accionista aprovecha hábilmente. Y, es que, el filósofo dice que se adentraría en ese mundo si no fuera por los tres problemas que existen en Bolsa

  1. Es algo muy complicado y peligroso;
  • El capital del que dispone es limitado, por lo que si no gana desde el principio no podrá mantenerse;
  • Y, (sobre todo, y el más importante), es un negocio indigno para un filósofo. ¡Quién se fiaría jamás de un filósofo que pierde en Bolsa! Eso sí, luego llega un “gurú del trading” con pérdidas catastróficas en su propia SICAV (y con tatuajes y un Ferrari en el póster) y, perdón por ser soez, perdemos las bragas.

El accionista, por su parte, soluciona tales problemas en un abrir y cerrar de ojos:

  1. El peligro se suple “con anclas que resistan los temporales”. (Por traerlo a la actualidad, podríamos decir que habla de la gestión del riesgo y de saber hacer de abogado del diablo cuando toca).
  • No vas a invertir todo lo que tienes, por lo que no te vas a quedar en la calle. (Hay que hacerlo con cabeza, como (casi) todo en la vida, si vas a invertir todos tus ahorros, mejor quédate quieto, que, al final, la host** te la llevas, pero literal).
  • La Bolsa es como un templo egipcio (viene a significar que participan en ella todo tipo de inversores; eso de “no es para mí, ahí solo ganan los ricos” ya deberíamos haberlo superado).
Prejuicio ElRoto

Al final de la discusión, queda en evidencia que el problema del filósofo se resume en única cuestión: no conoce qué es la Bolsa. Qué raro, ¿verdad? Discutir de algo sin conocerlo, es como juzgar un libro por su portada, está muy feo, ¿no? Lo digo porque luego nos llenamos de prejuicios y, quizás, deberíamos pararnos a pensar dos veces. 

No es cuestión de ser filósofo, bailarín, camionero o cualesquiera de ese conjunto de siglas que siempre suena bien (CEO, CFO, CDO,…); es cuestión de saber de lo que se habla, de tener juicio propio, que diría nuestro filósofo. 

En resumen, los problemas que planteábamos hace cuatro siglos, poco (o nada) han cambiado con los que argüimos ahora. No pretende esto ser nada más allá de una reflexión en voz alta, para el que trabaja en esto y para el que invierte, porque nos queda mucho por aprender (y no hablo solo de la Bolsa). Pero, es evidente que seguimos siendo ese filósofo de excusas enunciadas de forma extendida (algunos más refinados que otros, eso sí).

Pensemos: ¿por qué tenemos dos orejas y una sola boca?

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Viñeta de Flavia Banana

Pero, ¿y qué narices tendrá que ver un filósofo con la Bolsa? Pues que, aunque el marco que voy a tratar es de hace unos cuatro siglos, evidencia el desconocimiento que existe en torno a este sector y, para los que trabajamos en él (o simplemente tenemos algo de curiosidad), creo que puede ser (un poquito) interesante.

Nuestro filósofo, que participa en los diálogos de José de la Vega (del año 1648) junto con un accionista, viene a ejemplificarnos muy bien que nuestras excusas no tienen nada de nuevo. Nos repetimos más que las natillas, aunque cueste asumirlo. 

Este, cuando ya no dispone de más argumentos contra la Bolsa, siente el impulso que le lleva a “querer probar suerte”, lo que el accionista aprovecha hábilmente. Y, es que, el filósofo dice que se adentraría en ese mundo si no fuera por los tres problemas que existen en Bolsa

  1. Es algo muy complicado y peligroso;
  • El capital del que dispone es limitado, por lo que si no gana desde el principio no podrá mantenerse;
  • Y, (sobre todo, y el más importante), es un negocio indigno para un filósofo. ¡Quién se fiaría jamás de un filósofo que pierde en Bolsa! Eso sí, luego llega un “gurú del trading” con pérdidas catastróficas en su propia SICAV (y con tatuajes y un Ferrari en el póster) y, perdón por ser soez, perdemos las bragas.

El accionista, por su parte, soluciona tales problemas en un abrir y cerrar de ojos:

  1. El peligro se suple “con anclas que resistan los temporales”. (Por traerlo a la actualidad, podríamos decir que habla de la gestión del riesgo y de saber hacer de abogado del diablo cuando toca).
  • No vas a invertir todo lo que tienes, por lo que no te vas a quedar en la calle. (Hay que hacerlo con cabeza, como (casi) todo en la vida, si vas a invertir todos tus ahorros, mejor quédate quieto, que, al final, la host** te la llevas, pero literal).
  • La Bolsa es como un templo egipcio (viene a significar que participan en ella todo tipo de inversores; eso de “no es para mí, ahí solo ganan los ricos” ya deberíamos haberlo superado).
Prejuicio ElRoto

Al final de la discusión, queda en evidencia que el problema del filósofo se resume en única cuestión: no conoce qué es la Bolsa. Qué raro, ¿verdad? Discutir de algo sin conocerlo, es como juzgar un libro por su portada, está muy feo, ¿no? Lo digo porque luego nos llenamos de prejuicios y, quizás, deberíamos pararnos a pensar dos veces. 

No es cuestión de ser filósofo, bailarín, camionero o cualesquiera de ese conjunto de siglas que siempre suena bien (CEO, CFO, CDO,…); es cuestión de saber de lo que se habla, de tener juicio propio, que diría nuestro filósofo. 

En resumen, los problemas que planteábamos hace cuatro siglos, poco (o nada) han cambiado con los que argüimos ahora. No pretende esto ser nada más allá de una reflexión en voz alta, para el que trabaja en esto y para el que invierte, porque nos queda mucho por aprender (y no hablo solo de la Bolsa). Pero, es evidente que seguimos siendo ese filósofo de excusas enunciadas de forma extendida (algunos más refinados que otros, eso sí).

Pensemos: ¿por qué tenemos dos orejas y una sola boca?

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